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Europa está arruinando su zona meridional. Destruidas por la competencia de las potencias líderes de la Unión, Grecia y las demás naciones con su sobreendeudamiento son forzadas al empobrecimiento. Más exactamente: a una política de empobrecimiento que se caracteriza por dos particularidades. Quien se empobrece es el pueblo; y está claro que a través de esta medida el poder estatal no se saneará, sino que se arruinará a sí mismo. Esta brillante actuación económica va acompañada por un momento democrático estelar: sólo habrá ayudas a la supervivencia del poder público caso que el gobierno y la oposición en los países afectados se obliguen de antemano y de manera vinculante a reconocer sin condiciones todas las condiciones que les impone la dirección de la UE, para que sea imposible que elecciones libres cambien algo. El pueblo, cuando protesta, simplemente no entendió nada todavía...
Está claro que Europa no arruina su zona meridional simplemente porque le da la gana. Las potencias líderes salvan de esta manera su dinero; más exactamente: lo que salvan es que su dinero se acredite como medio de mando sobre trabajo y riqueza. Para este propósito organizan, con aún más deudas, un “fondo de rescate” para la confianza en aquellas deudas que ya son demasiadas. Pero como garantía para la solidez de su obra de arte económico-financiera, no se fían de la impresión que las grandes cifras causan al mundo financiero. La creación de sumas de varios miles de millones de la nada, la vinculan con la introducción de un régimen político de vigilancia sobre los países socios que, como se muestra en su menor calidad de solvente, obviamente tienen que haber hecho mal uso del buen dinero común. La dureza de este régimen debe crear la confianza que necesitan las deudas para que se llamen crédito y se traten de capital. Y los soberanos democráticos no olvidan su obligación de rendir cuentas e informan al pueblo sobre el acto de rescatar el dinero: la razón para el rescate son los habitantes de la Europa del sur que vivieron “por encima de sus posibilidades” –con lo cual son culpables de todas las cargas con las que los vencedores de la competencia gravan a sus propios pueblos–; a costa ajena, o sea, “nuestra”. El objetivo del rescate es “nuestro” buen dinero y Europa en total.
Lo último se acerca bastante a la verdad. Los activistas de Europa rescatan primero su dinero y segundo, su proyecto de una conquista pacífica del continente mediante la fuerza coactiva de la riqueza capitalista. Lo cual desde luego no levanta el ánimo de nadie. Los pueblos de Europa están incómodos con su Europa. ¡Y cómo no! La unificación de Europa no suprime la competencia de las naciones, sino que organiza sus duros resultados y su continuidad inexorable. ¡¿Cómo no va a liberar entre la gente común otros sentimientos más que arrogancia nacionalista en el bando vencedor, y disgusto nacionalista en el bando perdedor?!
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En América se agrava la exaltación patriótica – hasta bloquear el poder estatal que ya no tiene dinero. Pues la profunda sensación de compromiso del buen americano por la causa de su nación desune profundamente la nación: los adeptos del change igual que aquellos del tea party se inculpan mutuamente de abandonar con sus respectivas recetas de éxito el camino del éxito de la nación, de traicionar sus ideales y de provocar el ocaso. Por un lado, no se trata de otra cosa que del dinero que necesita el gobierno; y en este asunto las diferencias no son tan graves, ni mucho menos insuperables. Un bando aboga por un crecimiento capitalista libre de restricciones estatales y una depauperación del pueblo en libre responsabilidad propia; el otro bando quiere renovar la potencia industrial de América empleando recursos presupuestarios del Estado, y aprovisionarla con un material humano no sólo barato, sino también sano: la máxima elemental del capitalismo de que el bienestar de la nación requiere la productividad de la riqueza capitalista y la pobreza útil (“jobs, jobs...”) es la convicción común de los dos bandos. El hecho de que a pesar de ello sea imposible encontrar un compromiso patriótico, sino que sea precisa una negativa patriótica radical y sin compromisos al adversario y sus conceptos, atestigua un desconcierto fundamental de la política, que a su vez refleja el desconcierto al que llegó la nación. La materia por la que se pelea indica la razón y el contenido de este desconcierto: la productividad de la deuda estadounidense como fuente de dinero está en juego. Las deudas de EEUU funcionan en el mundo entero como capital-dinero fácilmente liquidable; sirven a Estados como tesoro, y a personas privadas, como patrimonio; entre las naciones, la moneda estadounidense sirve para comprar e invertir. Esto es lo que necesita el mundo; y esto no sólo ayuda a EEUU, sino que de ello vive el poder financiero que la nación necesita para su poder mundial. Con todo ello rompió el capital financiero con su gran crisis. Esta ruptura no fue aceptada por el Estado americano, sino rechazada con muchísimas deudas nuevas. Pero si sigue funcionando o no, lo que tiene que funcionar para que la base económica del imperialismo estadounidense siga intacta –a saber, el reconocimiento sin condiciones del crédito que América toma–, esto, primero no es tan seguro como lo ha sido durante medio siglo; y segundo, ya no está exclusivamente en las manos de la potencia mundial.
La razón de su desorientación nacional no hace falta que la sepan ni los políticos ni los votantes dominados para irritarse por el asunto. Y la excitación resulta grave – en una nación que, acostumbrada al éxito imperialista, cree que el éxito indiscutido es su derecho inalienable.
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La misma crisis repercute en dos imperialismos en su recurso económico vital: la igualación de deudas y dinero. Uno, la potencia mundial, pierde la certeza de los fundamentos que tiene en la economía mundial. El otro, el rival europeo que lucha por ser equivalente, hace frente a toda suerte de dificultades con su contradicción fundamental entre la unidad, materializada en el crédito común, y la competencia que la crisis obliga a poner al orden del día en la política europea. Los pueblos afectados están indignados – pero no realmente por las reagravaciones con las que sus poderes estatales pretenden superar las consecuencias de la crisis. Sino que se oponen unos a otros en la Europa de las patrias, y en god’s own country lo hacen unos patriotas contra otros. Al mismo tiempo el mundo se horroriza en común ante la catástrofe nuclear en el Japón; se alegra de que Bin Laden llegara al infierno, un Papa muerto, con diploma oficial al cielo, y una pareja yuppie de Gran Bretaña, a la cama. Un día es un día.
© GegenStandpunkt Verlag 2011