La razón de la intervención de la OTAN en los Balcanes
Una guerra de nuevo tipo para un "Nuevo Orden Mundial"
Quién ha dicho "típicos Balcanes" !
Políticos de la antigua Yugoeslavia determinaron que sus pueblos
y Estados no encajaban entre sí y que por lo tanto hacía
falta un gran reordenamiento - se entiende en beneficio de sus propios
centros de poder. La lucha que desataron se debió a eso. La población
civil a su vez no se destacó por su papel de mera víctima;
sino que en nombre de la nacionalidad correspondiente dio grandes méritos
de fe ciudadana y de ser un pueblo entusiasmado al que le valía
la pena librar en calidad de carne de cañón una guerra cruenta
con el fin de fundar una nación propia. Así aclaramos una
cosa.
Otra cosa muy distinta es que por eso el mundo entero se haya visto
convulsionado, la OTAN haya vivido una "etapa"de dimensiones histórico-mundiales,
la estabilidad de toda Europa del sureste haya estado en peligro y los
sagrados "principios del Derecho internacional" hayan sido arrojados a
la basura. En ningún caso los serbios malos podrían estar
en la capacidad de alterar la "situación mundial" por más
violento y terrorífico que fuera su amor a la patria. Los que sí
logran algo así son aquellos poderes que difícilmente pueden
ser "indiferentes" ante los "crímenes" que en nombre del Estado
estaban cometiéndose en la Ex-yugoeslavia. Esos poderes, solidarizados
en la OTAN, asumieron "el compromiso" y asestaron los golpes debidos. La
razón no radicaba en que los Estados y pueblos de los Balcanes estuvieran
masacrándose, sino en el problema que éllos
- EE.UU. y la CE - veían en "los Balcanes".
Para saber qué clase de problema era, basta fijarse en la clase
de ayuda a la que se sintieron obligados. Ayuda que en primer
término se caracterizó por ser de su exclusiva competencia
- completamente fuera de lugar ponerse a pensar que la CEI, el Pacto Andino
o la Liga Árabe, incapaces de ser "indiferentes" ante la situación,
hubieran acordado formar un "Grupo de contacto" para solucionar el conflicto
y hubieran decidido movilizar una flota de bombarderos..... -. La verdad
es que no hay ningún otro grupo o club de naciones capaz de dar
una asistencia tan poderosa; que éllos actuaran se debe a que no
hace precisamente parte de su agenda política conceder ayuda a pueblos
y naciones extranjeras
Con sus aviones y bombas iniciaron en efecto un conflicto
político internacional del que soloéllos están
en capacidad. La CE y los EE.UU le dieron al conflicto yugoeslavo
en Kosovo el contenido de asunto de orden político mundial. Eso
no se le puede achacar al "déspota de Belgrado" por más déspota
que sea.
A continuación se ofrece una visión sistemática
del contenido del verdadero "Conflicto de los Balcanes".
Occidente - la alianza de los poderes en los que democracia y economía
de mercado imperan como razón de Estado y fórmula de éxito
- se ha arrogado un régimen de control sobre el resto
de la comunidad internacional.
-
Él acosa en interés propio a todos los gobiernos del globo
con la demanda de que participen sin reservas en la competencia de las
naciones por poder y riqueza según las reglas que él mismo
ha elaborado para el capitalismo globalizado. Además han de cumplir
con moldear y someter adecuadamente las gentes y territorios bajo su mando
- ateniéndose a la exigencia del "buen gobernar". Eso quiere decir:
deben saber imponer el monopolio de la coerción de manera plena
y eficaz, haciéndolo ajeno a cambios de personal en el poder y logrando
que sea aceptado sin mayor resistencia - o en otros términos - imponiendo
‚democracia'; además deben saber garantizar la libertad de la persona
y el poder del comando de la propiedad - en otros términos, garantizar
‚el poder del Derecho'. En cuanto a la economía deben bregar por
una vida económica capitalista fomentándola por todos los
medios - estableciendo así una ‚economía de mercado'. Y por
último, deben saber brindar la economía nacional, incluyendo
su inventario humano, a los intereses de las naciones que saben utilizarla
- llamándose esto ‚apertura' económica.
-
Que esa demanda se cumpla, de eso se encarga directamente Occidente. Él
se interesa por todo; se erige como punto de referencia para lo que otros
gobiernos hacen u omiten de hacer, examina la política de los otros
según el provecho o daño que acarrean a sus intereses materiales;
y por último, los enjuicia desde el altivo y absoluto punto de vista
del respeto que le deben a él como la instancia reguladora y supervisora
que es. Él confronta a todos los demás soberanos del globo
con la exigencia de reconocer su jurisdicción supra-nacional cada
vez que hacen uso de su poder, somete a ese criterio todos y cada uno de
los esfuerzos nacionales que libran en la competencia. E independiente
de todas las exigencias concretas en nombre del "buen gobernar" insiste
incondicionalmente en docilidad y sumisión por parte
de los demás soberanos.
El régimen de control que le interesa a Occidente encierra el sistema
total de relaciones de aprovechamiento de carácter capitalista al
interior y entre las naciones. Todo lo que las naciones logran se mide
de acuerdo a lo que aportan al poder privado universal del dinero y a los
intereses nacionales de los Estados sedes del dinero universal; en qué
medida tienen éxito o fracasan en ello hace parte del mismo examen.
Los que están siendo sometidos a ese examen son precisamente Estados
soberanos; de ahí que la tarea de control en concreto para Occidente
queda determinada por: acaparar la voluntad de soberanías
extrañas. Con qúe fines? Con el fin de que
se
dejen examinar y corregir. A Occidente no le basta con los beneficios
materiales; lo que él desea ante todo es una garantía de
que los demás, al hacer uso de su poder individual, no lo están
haciendo bajo la suposición - aparentemente obvia entre soberanos
- de actuar con soberana libertad y de acuerdo a calculaciones propias.
Al contrario, han de (de-)mostrar desde un principio una "voluntad
de cooperación". Es decir estar dispuestos a concederle
a Occidente el derecho de emitir un juicio vinculante sobre su política
y de decidir en última instancia sobre asuntos propios de la nación.
Occidente no sólo sopesa ventajas y desventajas de carácter
material derivadas del quehacer de otros estados. Lo que más le
interesa es comprobar si está frente a un poder, en principio y
en general, "manejable", o si las maquinaciones del otro dejan entrever
una voluntad política que da pie a un comportamiento imprevisible
y divergente.
Occidente inquiere la política de los demás gobiernos
a ver si se acomoda a su línea general, es decir si aceptan
o rechazan su supervisión; precisamente
esa es la
materia del régimen de control que él se ha arrogado.
Occidente aplica el régimen de control que se ha arrogado sobre
el resto del mundo supeditando a su juicio el uso del poder que hacen los
demás soberanos y amenazando con guerra en caso de descubrir intransigencia.
Él se planta delante de todos los posibles Estados-guerristas del
globo como la potencia armada que dispone de capacidad de disuasión
mundial y
fija, gracias a la omnipresencia amenazante de
susuperioridad militar que le permite un radio de acción
global y capacidad immediata de operación,la condición
a la que queda ceñido todo empleo del poder en el globo.
Por lo tanto Occidente sume al mundo entero en un estado de guerra
"fría" y logra de esa manera - mediante disuasión
- condiciones bajo las cuales él está dispuesto a
dejar actuar a los demás soberanos y conservar la paz. Para abreviar,
establece
así la Paz Mundial - o, lo que es lo mismo, la persigue
sin discanso.
La creación llamada paz mundial, a la que Occidente aporta toda
su capacidad y disposición bélica global, dio un enorme paso
cuando desapareció con La Unión Soviética el único
poder militar enemigo de igual rango, en alerta y con capacidad propia
de "antidisuasión" estratégica.
Durante casi medio siglo el régimen de disuasión de Occidente
quedó quebrantado por la desgracia estratégica del llamado
"empate atómico". El control del globo no pudo entonces ejercerse
de manera exclusiva, el Orden Mundial tuvo que ser compartido y la paz
mundial asegurada por una potencia (de-)más, por lo tanto en continuo
peligro.
Los liquidadores y administradores de la herencia del antipoderío
soviético han terminado sin dudas con ese "bloqueo"; el régimen
antioccidental que ejerció Rusia sobre una buena parte del globo
se ha extinguido y con ello ha cesado una vez por todas esa libertad que
tanto detestaba Occidente y de la que se servían algunas naciones
para ensayar una política autónoma de los dos "bloques".
El poder de disuasión de Occidente se basa en que las naciones
capitalistas de mayor éxito - todas sin excepción -han acordado
realizar de manera conjunta su propia voluntad nacional en cuanto al dominio
del acontecer mundial; y para que su régimen de control sobre el
globo mantenga la efectividad debida han decidido actuar permanentemente
en la forma que naciones soberanas adoptan sólo en caso de emergencia
militar - como Alianza de Guerra dentro de la OTAN.
La competencia entre sí la regulan - hasta ahora - de manera que
la contradicción de sus intereses no destruya el pacto. Para que
ese particular colectivismo dure, es crítico mantener entre sus
miembros una clara jerarquía: Los EE.UU. disponen del poder militar
decisivo que le atribuye el papel de potencia líder. Ellos determinan
entonces las directrices de operaciones conjuntas y, en caso dado, las
practican a través de los hechos. El cálculo de los poderes
europeos consiste en la conclusión de que actuar bajo las condiciones
de los EE.UU. cuesta menos y rinde más que cualquier intento en
solitario para imponer un régimen de control en oposición
a América del Norte - por más limitado que sea.
Constitutivo para esa fuerte relación entre socios impares fue
la hostilidad conjunta hacia la antigua Unión Soviética.
Fue tal su aporte a lo largo de decenios a la estabilidad de la Alianza
que ese abstracto sujeto colectivo llamado "Occidente" adquirió
la realidad de un poder mundial determinante. Pues los socios de segunda
de EE.UU. no sólo se abstuvieron de considerar otras alternativas
en la definición de su razón de Estado antisoviética
decidiendo mantenerse fieles al Pacto; sino que fueron más allá
constituyendo - en gran parte - todo su poderío militar en relación
al objetivo común de manera que sólo dentro de ese pacto
podría desplegarse plenamente. La base histórica de ese colectivo
occidental con poderío bélico mundial ha desaparecido de
hecho y con ella la viva mentira de la Alianza de haber sido con su gran
arsenal de guerra un mero pacto de defensa en respuesta a la amenaza descomunal
del Este. Sus miembros siguen sin dudar de que hoy con más razón
hace falta encararse al resto del mundo en calidad de pacto de guerra,
en donde los intereses particulares de cada nación miembro retroceden
trás el colectivo que anuda los lazos de la voluntad de lograr para
sí el dominio del mundo: No hay duda de que a los europeos les disgusta
el monopolio de decisión que ejercen los EE.UU. Sin embargo están
seguros de la ventaja que ofrece aprovecharse de gorra de su poderío
mundial de disuasión; de ahí que aportan su 'granito de arena'
al pacto. Los EE.UU., de otra parte, tampoco están muy a gusto con
la aportación de los europeos que les parece cada vez más
insuficiente, teniendo en cuenta lo que ellos gastan para la disuasión
colectiva, pero a su vez tampoco desean renunciar a aliados dependientes
de ellos y con menos razón a Estados tan poderosos - aunque en grado
menor que ellos - que se alinean como aliados dependientes en la comunidad
que ellos lideran.
El fin del antipoderío soviético no altera, pues,
nada en absoluto: Occidente debe su estabilidad al hecho de estar
construido en base a una Alianza de Guerra. El fin de la histórica
guerra fría contra el "Bloque del Este" no afecta en nada esa construcción
ya que mientras los Estados miembros estén de acuerdo que
para la paz mundial, de la que se saben aprovechar, hace
falta una guerra "fría" sin fin, es decir una disuasión
siempre reanudable e incondicional para enfrentar toda perturbación
originada por el poder intransigente de otros Estados, entonces mantendrán
ese estado de guerra tan valioso y lo defenderán de momento de manera
colectiva - mientras pesen las ventajas.
En base a su régimen de control conjunto sobre el resto de la
comunidad internacional los poderes aliados compiten en primer
lugar económicamente, es decir por el aprovechamiento de
los países que han logrado "abrir" conjuntamente a las tenazas de
sus negociantes. Instaurando las condiciones nacionales necesarias
para la sede del capital (internacional) - el modo político de organizar
la rentabilidad del capital en su propio dominio - se están disputando
la parte que les corresponde dentro de la vida económica capitalista
a escala mundial y bregan por un mayor lucro nacional a costa de sus propios
socios. Poder económico, medido en la masa y fuerza de la moneda-crédito
nacional, es lo que ellos persiguen al participar en el mercado mundial
y en su control conjunto; al mismo tiempo obtienen así los medios
para su contribución a la Alianza y la base para el despliege de
su poderío militar.
Realizando la tarea de supervisión del resto del
mundo, las superpotencias unidas en la OTAN compitenen segundo lugar
por lograr una definición nacional de los propósitos
del pacto y hacer que
sus especiales intereses estratégicos
sean tarea de todos. La capacidad de imponerse dentro del pacto determina
el estatus de cada nación y el sitio que le corresponde dentro de
la jerarquía de los poderes dominantes del globo. Los recursos para
imponerse dentro de la Alianza radican en el potencial armamentista y militar
de la nación: Hasta qué punto un tanque de los propios es
valioso para alcanzar el objetivo determinado dentro de una guerra en común,
hasta qué punto él sólo, en caso necesario, es capaz
de asegurar su éxito, o hasta qué punto el rechazo propio
a una acción conjunta se convierte en el gran impedimento de la
misma - todo esto puede contar a la hora de determinar el peso de cada
uno en el círculo de los socios competidores, así como ser
clave para el respeto que los demás le conceden a las propias ambiciones
nacionales. Por eso toda acción conjunta se valora desde un doble
punto de vista: El interés en común de todos los aliados
es que su régimen de disuasión se mantenga intacto y el impacto
de sus amenazas no se vea alterado por ninguna excepción; fuera
de eso se pregunta cada uno de ellos hasta qué punto el éxito
en común le ha aportado ganancias al poder de la nación en
sí y en su relación con los demás socios, o, al contrario,
le ha resultado perjudicial.
En cada guerra aprenden los europeos que en caso de emergencia la potencia
que asume el primer lugar con claridad abrumadora es la "superpotencia"
América. A cada potencia europea no le queda entonces más
que tranquilizarse a su modo. Y en conjunto proyectan la creación
de un contrapeso europeo frente a los americanos - tanto dentro como fuera
de la OTAN - con el fin de quebrantar la dominancia de EE.UU. Y en ese
afán no hacen más que desatar de nuevo la competencia, esta
vez a nivel europeo, por la jerarquía de los poderes militares en
el Viejo Continente.
La demanda de control por parte de Occidente se da en un mundo de naciones
donde cada uno de sus miembros procura a toda costa aumentar el beneficio
nacional y lograr mejores posiciones dentro de la jerarquía de poderes
- y todo se desarrolla de acuerdo al reglamento concebido por Occidente,
que obliga a todas las naciones a participar del circo de la globalización.
A raíz de los esfuerzos que realiza cada una de las naciones por
imponerse a los demás, los diferentes Estados dan origen a intereses
contrarios, desembocan en crisis, producen conflictos - y , con conducta
tan apropiada a naciones competidoras, terminan desafiando a Occidente
a cada paso. Y es que independientemente de lo que realmente hagan, no
hay duda de que en todo caso dejan de prestar los servicios debidos. Es
que al estar empleando 'naturalmente' su poder de acuerdo a cálculos
propios y en hostil competencia hacia los demás están dando
ya motivo a un examen crítico que indaga continuamente hasta qué
punto están contraviniendo la exigencia de Occidente de ser exclusividad
suya sancionar el empleo de la violencia en la regulacíón
de las relaciones de poder en el globo. El resultado del diagnóstico
y sus consecuencias lo decide Occidente de acuerdo a su parecer colectivo:
Él es amo y señor del significado internacional que se le
adjudica a los asuntos de y entre Estado(s) - lo que tan idílicamente
constituye ese estado llamado Paz Mundial.
Un caso de cuidado especial lo constituye el Estado sucesor y de mayor
envergadura de la extinguida Unión Soviética: La Rusia de
Yeltsin es por una parte una amalgama de crisis y conflictos cuyo manejo
por parte de Moscú equivale a una provocación sin nombre
para el orden que exige Occidente De otra parte, ese país estaría
todavía en la capacidad de llevar a cabo una guerra atómica
que provocaría una devastación - más allá de
lo permisible - de Occidente; y con eso Rusia exige voz y voto sobre las
decisiones que toma Occidente en cuestiones de paz y guerra en general
y, en especial, en cuanto a las relaciones de fuerza en Europa. Que el
gobierno moscovita no desee ninguna clase de hostilidades teniendo
en cuenta sus recursos de poder, sino que, al contrario, busque una cooperación
constructiva con Occidente es estupendo - y lo menos que puede esperar
Occidente de Rusia; sin embargo no oculta la gravedad del disgusto que
está produciendo en Occidente: Lo que éste no soporta es
que precisamente esté dependiendo de la voluntad de un poder
foráneo al que no está en capacidad de ponerlo definitivamente
bajo control. Se sobreentiende entonces que Occidente en todas sus decisiones
sobre el significado político que asigna a crisis de Estado y conflictos
estará pendiente de todos los intentos rusos - por más débiles
que sean -de inmiscuirse, y de eliminarlos - hasta donde sea posible.
Para su régimen de control sobre la comunidad internacional
Occidente se sirve de esa venerable institución llamada
Derecho
Internacional mediante la cual se codifica el empleo de la fuerza
entre Estados. En su versión final, los Estatutos de las Naciones
Unidas, el Derecho Internacional tiene previsto un proceso en toda regla
para aprobar el empleo de la fuerza contra aquellos Estados que, de acuerdo
al reglamento, han cometido la infracción. De esta manera
queda sancionada la división entre el empleo de la fuerza legítimo
y el ilegítimo - impermisible y condenable. Y de ese nuevo
criterio en la relación entre Estados se ha abanderado Occidente:
Él se encarga entonces de identificar los delitos contra el Derecho
Internacional, de dar la interpretación adecuada para diagnosticar
el tratamiento pertinente, e incluso dicta los fallos decisivos y se encarga
él mismo, si es el caso, de ejecutarlos.
Y es más; el catálogo de criterios con el que se determina
la permisibilidad del uso de la vilencia entre Estados lo complementa Occidente
con el Código de los Derechos Humanos. Al definirlos,
interpretarlos y aplicarlos de acuerdo a sus ideas profundas e interesadas
sobre el "buen gobernar", surge una figura del Derecho donde súbditos
de un Estado, a los que éste maltrata, equivalen a títulos
legales con los que Occidente está autorizado para amenazar de guerra
al infractor. La distinción, de por sí bastante ridícula,
entre "asuntos internos", en los que no deberían "inmiscuirse" naciones
foráneas, y el empleo de la violencia fuera de las propias fronteras,
que estaría sujeto al código del Derecho Internacional, se
ve declarada obsoleta por completo; el respeto a la soberanía de
una nación no cuenta más - es un principio caduco y oficialmente
desterrado. Occidente logra mediante el principio Derechos Humanos
el que empaten el Derecho Internacional y su régimen de control
-basado en la disuasión por las armas.
Todo esto funciona medianamente desde que la Unión Soviética
se despidió de la historia mundial en su calidad de antagonista
con igual peso. De todos modos sigue entorpeciendo el sucesor ruso, al
igual que el gobierno de la RP China, el procedimiento legal dentro del
Consejo de Seguridad de la ONU, encargado de decidir sobre la legalidad
de la guerra, basándose en un veto inoportuno, que a su vez rememora
el principio válido y efectivo que durante decenios rigió
la "Comunidad " del Derecho Internacional. Ese principio equivalía
a garantizar imparcialidad frente a los objetos en disputa instaurando
un pluralismo de poderes decisorios con capacidad de ejercer el veto. Eso
sí vale decir que detrás del veto y votos contrarios del
gobierno ruso no existe de hecho ni la voluntad ni la capacidad bélica
de imponerlo, aunque fuera en caso extremo, contra el consenso de las grandes
y exitosas potencias democráticas. Consecuentemente se le da el
trato adecuado: Occidente ignora el veto ruso por completo. La ONU se ve
enfrentada a la nueva tarea de reorganizar el asentimiento formal
del resto de la comunidad mundial a las acciones bélicas de Occidente,
añadiéndoles de esa manera la legitimación del Derecho
Internacional, de acuerdo a las reglas tradicionales del procedimiento.
En caso contrario a la ONU le queda una alternativa: su propia y absoluta
insignificancia.
Occidente libra guerras cuando ve en peligro su regimen de control
o se siente retado en su competencia exclusiva de establecer el Orden Mundial
- decidiéndose entonces a reestablecer a la fuerza el respeto indiscutible
a su jurisdicción absoluta y exclusiva.
Tal "caso de crisis" se asume cuando un Estado entorpece o contradice
la idea que de común acuerdo las potencias aliadas occidentales
tienen acerca de la adecuación de las relaciones de poder en cierto
punto del globo, y cuando un Estado contraviene las exigencias que emanan
del imperativo del "buen gobernar". Lo que da pie a tal diagnóstico
no es más que el uso de lo que banalmente le es propio a un Estado
como voluntad soberana: bregar por afianzar su poder frente a cualquier
desafío, o igualmente aumentar sus medios de poder, buscar el funcionalizamiento
de las naciones de su entorno según esté al alcance de sus
medios, y evitar que él mismo se vea funcionalizado en detrimento
propio, o que, por ende se vea limitado. Para saber lo que significa
ese "vital" interés de toda nación que se autoestima, los
Estados de Occidente brindan el mejor ejemplo. Los medios de que
ellos disponen para alcanzar un ambiente internacional a su medida y el
peso mismo de ese interés son, claro está, de gran envergadura,
es decir de alcance global. Ellos disponen de conceptos para el Orden al
que deben obedecer las relaciones entre estados y al que deben ceñirse
los acontecimientos de más importancia; riñen entre sí
o se ponen de acuerdo sobre la situación en la que quieren mantener
al mundo en general y a ciertas regiones en especial; sustentan esa situación
o la redefinen convencidos de que se dará cumplimiento a sus "recetas"
- a fín de cuentas cargan con el gran peso de un régimen
mundial de disuasión. Si un soberano se comporta mal y utiliza su
poder de manera incongruente con los arreglos que impone Occidente, o los
que acuerdan a última hora - cosa fácil teniendo en cuenta
que no sólo prima el egoísmo propio de Estados soberanos,
sino que el consenso entre Occidente acerca de la situación global
pertinente varía continuamente -, entonces puede que el poder colectivo
encargado del Orden Mundial descubra en ello meramente una falta de voluntad
de cooperación. En caso de que advertencias diplomáticas
no surtan ningún efecto, no se tardará entonces en deducir
la existencia de una voluntad interesada en entorpecer la paz mundial.
Si los intentos de extorsión, que especulan calar en el supuesto
afán utilitarista del perturbador, quedan sin éxito, el Poder
Mundial entonces se torna en uno de principios. Si el diagnóstico
es resistencia, hay que pasar a romperla; donde se dan abusos del uso del
poder, hay que acabar con ello. El candidato pasa a engrosar la categoria
de "criminal de Estado" o de "Estado bellaco".
Se corresponde entonces a aislarlo, se le imponen sanciones con la clara
intención de hacerle daño, o, por último, se paraliza
toda clase de vida civil en el país. En caso excepcional se utilizan
ultimatos, que ya no buscan conveniencia alguna con la otra parte, sino
la entrega de su soberanía: eso a manera de prólogo al paso
siguiente de destruir militarmente la capacidad de regir del mandatario
insubordinado. Una vez alcanzado este punto, no se espera menos que una
capitulación incondicional: para la voluntad de imponerse como exclusivo
poder supervisor sobre el uso del poder estatal en el mundo, no hay cabida
para compromisos.
El contenido imperialista de las guerras que libra Occidente
se busca - si es el caso- continuamente en la dirección equivocada
y sin llegar a dar con un buen resultado. Para los apologetas razón
suficiente para desmentir triunfalmente la existencia de móviles
imperialistas; para críticos y enemigos de la OTAN razón
para recurrir a construcciones algo arriesgadas con las que se denuncia
- por ejemplo - "sangre por petroleo" - es decir la existencia de una razón
pueril y material como causa de la guerra, contrariando la supuesta moral.
Salta a la vista que Occidente no lleva a cabo guerras con el fin de
ocupar territorios o usurpar riquezas; eso es bastante ridículo
teniendo en cuenta la existencia de un mundo donde no hay barreras para
los intereses de aprovechamiento que lidera Occidente, y donde todo está
tan a su libre alcance - incluso la ruina a su paso de zonas enteras lo
confirma.
El nexo existente entre el tejido de relaciones materiales de
aprovechamiento e intervenciones militares es de carácter
metódico: Con ellas se busca el establecimiento y la estabilización
de una Paz Mundial que compromete a los Estados soberanos -como principio-
a estar dispuestos a encarrilarse y someterse, y que los obliga a un reglamento
en el que está codificado el mando de Occidente. Ese reglamento
sí que es de vital interés para Occidente; y por él
responde enérgicamente: mediante medidas de orden que lógica
y necesariamente se apartan del plano material, del cálculo y dividendo
propio de los negocios, llegando inclusive a negarlos por completo. En
cuanto a los negocios, al carácter material de las buenas relaciones
hacia el resto del mundo, existe un gran evento llamado economía
y mercado mundial, y la potencia de una riqueza propia atribuye los medios
suficientes para ocuparse
de esos asuntos. Y al decidirse por el
"medio" de la destrucción bélica ya no le está interesando
el lucro material, sino que va a por un "principio": el principio
de que él con su poder colectivo determina y matiene bajo control
la "administración del poder" que se otorgan los demás
Estados.
Cuándo y dónde se presenta esa cuestión de principio
no puede deducirse o explicarse a partir del peso de ciertos intereses
materiales en peligro; intereses de peso en el sentido de proveederos fiables,
patios traseros, esferas de inversión, deudores etc existen en los
ojos de las potencias capitalistas por doquier, así como razones
suficientes para no estar satisfechas con naciones extranjeras que deberían
servir a esos intereses. Para que de esas pugnas elementales se desprenda
algo que va más allá del quehacer usual de la política
internacional basta a veces la rudeza propia y obvia del gobernar; y, a
veces, también cierta terquedad en la persecusión de algunos
"essentials" nacionales.
Lo que sí es imprescindible para dar ese paso es la decisión
de la Alianza de verse afectada en su calidad de potencia encargada del
Orden Mundial. Para ese tipo de resolución no hace falta
un plan maestro del imperialismo, resulta, sin ir tan lejos, de la supervisión
que se está ejerciendo continuamente sobre cualquier alboroto dentro
de la comunidad estatal; sin negar el tira y afloja entre los aliados.
Y a la postre, la Alianza asume frente a su resolución una posición
que deviene en una imposición ineludible, diagnosticando el
peligro que ella misma corre en su calidad de sujeto universal inviolable,
y viéndose, por último, obligada a castigar al "agresor".
Y se trata, sin duda, de un agresor, ya que por definición existe
una agresión cuando no vale la palabra del poder occidental - y,
para repetirlo, no simplemente debido a algunos yacimientos de petróleo.
Todo esto se puede estudiar a través de la guerra que se inició
de hecho con una agresión militar: la invasión del
Emirato de Kuwait que Iraq reclamaba como provincia propia. En
ese caso una nación del tercer mundo desencadenó una guerra;
intereses importantes y sensibles de Occidente se vieron afectados; y la
potencía mundial no dudó en socorrer al agredido - pero no
debido al petróleo.
En el plano del negocio del petróleo a Saddam Hussein le habría
gustado dejar la disputa con América - inclusive en EE.UU. se pensó,
con el asentimiento de los europeos, de limitarse a ese plano y de proseguir,
bajo alteradas condiciones políticas, con la explotación
del petróleo en el Golfo. Fuera de ofrecérselo a los países
occidentales, de qué más le habría podidio servir
el petróleo al "Déspota de Bagdad" ?. Incluso hubo una señal
diplomática por parte de EE.UU. en el sentido de que el largo esfuerzo
militar de Iraq al haber combatido la República islámica
iraní, archienemigo de los americanos, le habría merecido
el reconocimiento de la "reunificación nacional" con Kuwait.
Sin embargo, los EE.UU. se decidieron por la vía radical - lo
que fue en detrimento del negocio del petróleo -. No se trató
sólo del intento de desplazamiento de poder, cuyas ventajas y desventajas
podrían haber sido tema de discusión y hasta de arreglo,
sino de un avance inaceptable contrario al Orden deseado en la constelación
estatal en Oriente próximo y, sobre todo, contrario al "Nuevo
Orden Mundial", para cuya proclamación el "caso
Iraq" le venía a EE.UU. como anillo al dedo. Lo nuevo de la situación
fue que Occidente ya no se veía limitado por el empate (atómico);
sino que se atrevía a dar un gran paso, no libre de riesgos, confrontando
a la recién reformada potencia soviética con una guerra,
a la que le atribuía el carácter de exclusivo instrumento
suyo para el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial; de hecho
Rusia terminó cediendo, logrando así Occidente algo equivalente
a su capitulación como la segunda potencia mundial de la paz. En
base aesa nueva directriz política internacional de gran alcance
se dió paso a destruir demostrativamente a Iraq. Desde entonces
éste representa, ejemplarmente y con efecto intimidatorio, esa nueva
categoría del "Estado bellaco" que ha introducido Occidente.
En el caso de Yugoeslavia estaba claro desde un principio
que no estaban en juego recursos imprecindibles para los negocios del capital
industrial en Occidente - la guerra tiene lugar en un "patio trasero" de
la CE, con el que se hicieron y se habrían hecho más negocios
en su constitución anterior que ahora donde no existen más
que los lastimosos subproductos de un Estado desmembrado. Cuando llegue
el día en que cesen los bombardeos de la OTAN, las Euronaciones
bien podrán hacer el intento de enriquecerse en un desierto lleno
de ruinas o con la economía política de campamentos de refugiados.
Tampoco se puede hablar en el caso de Yugoeslavia de que se estuviera respondiendo
a una guerra de agresión por parte del "Déspota de Belgrado"-
a no ser que se haga mediante esa atrevida construcción de la historia
- profundamente dialéctica - según la cual el protagonista
nacionalserbio de la unidad de la antigua Yugoeslavia es declarado promotor
e iniciador del separatismo militante de las nacionalidades no-serbias,
y su lucha en contra de la formación de nuevos Estados en las provincias
restantes se califique de agresión extraterritorial.
Lo que de hecho arrojó la lucha por manterner o desmembrar la
Yugoeslavia de la posguerra fue buen material para que Occidente
llevara a cabo una operación de Orden Mundial: A costa de Yugoeslavia,
Occidente, en este caso especialmente su "pilar" europeo, enfatizó
el derecho que le correponde en reglamentar el globo, haciéndolo
valer por encima de todas las disputas entre los "autonombrados"supervisores,
y llevándolo hasta el final conocido. Mucho antes de que comenzara
a punta de sangre el sorteo de pueblos y la fundación de los nuevos
Estados, Occidente ya se había hecho con el poder decisorio sobre
la organización del mapa político de los Balcanes. Tanto
a los defensores de la Federación yugoeslava como a los incitadores
de nuevos Estados étnicos se les dictó condiciones y limitaciones
para su accionar bélico y con ello se les dio rienda suelta: Toda
amenaza dirigida a la parte que en un comienzo era la más fuerte
- el poder central que decididamente se inclinaba por una Granserbia -
la tomaban las otras partes - los separatistas en las provincias de las
Repúblicas federadas del Estado yugoeslavo- como un premio a su
intransigencia y un reconocimiento de su posición; y a lo largo
de las guerras civiles no se descuidaron las partes que en un comienzo
eran el partido más débil. De esta manera los serbios
se hicieron rápidamente con el papel del culpable. No es
que éllos hayan librado la guerra de manera diferente a sus contrincantes.
Su objetivo de guerra no era más ni menos perverso que el de los
partidarios de una autonomía de pequeños Estados étnicos.
El derecho que reclamaban por la vía militar, en caso de la secesión
de la antigua Yugoeslavia definir los límites de la nueva Nación,
tropezó con el exclusivo derecho que le corresponde a Occidente
de sancionar los límites estatales que han de primar en Europa.
A su vez las otras partes lograban en Bonn y Washington el patrocinio solicitado.
Occidente - en un comienzo dividido sobre esta cuestión - se decidió
finalmente por ver en el programa de refundación del Estado serbio,
el ensanchamiento de la antigua provincia, una atrevida competencia que
se arrogaba Serbia y por lo tanto la "agresividad" de un enemigo de su
voluntad de Orden Mundial. Por esta razón se identificó
a Milosevic como perturbador del orden. Por esa misma razón Occidente
incluso calificó como crimen su intento de consolidar a la fuerza
lo que quedaba de la antigua Yugoeslavia, le asignó a los abusos
contra los kosovares el carácter de asunto de orden mudial y llevó
su
pugna con Serbia hasta el punto de máxima escalación:
destruir el poder estatal de la nación perturbadora -Serbia.
VIII
Cuando la alianza occidental se decide a la guerra lo hace con la seguridad
y desde la primicia de tenerla ya ganada, pues la superioridad de sus medios
es incuestionable. Al igual que en los preliminares de la guerra - amenazas,
extorsión económica, sanciones y finalmente la proscripción
- Occidente al pasar al ataque militar es dueño
de la situación. El no se está midiendo con un enemigo,
de igual a igual, él está ejecutando el poder de la "comunidad
internacional" frente a una "anomalía". La "proporcionalidad de
los medios" está garantizada para Occidente cuando no existe proporción
alguna - los daños de la Alianza deben ser mínimos, mientras
que al enemigo se le demuestra su absoluta inferioridad destruyéndole
sin obstáculos sus medios de poder, incluyendo su economía
nacional e infraestructura.
La guerra por el Orden Mundial, a la que se suscribe
la OTAN, es curiosamente total - no en el sentido
fascista de movilización de medios propios, sino en el sentido de
la inferioridad que le atribuye al enemigo y en cuanto a la derrota que
le asesta. Impera un totalitarismo de seguridad del triunfo
que es lo que a la vez permite ese imperativo cargado de moral de no poder
ni deber "hacerse los ciegos ante la situación" o " cómplices
por no reaccionar".
Esa misma seguridad, ser superior frente a todo posible perturbador,
tampoco es ajena a las ideas de pacifistas de buena fe que reiteran que
Occidente podría evitar la guerra mediante la "política"
y "haciendo uso de todos los medios civiles posibles" - si tuviera voluntad.
Precisamente en ese sentido se le ofrece al Estado enemigo, que es más
bien delincuente que contrincante político, una última oportunidad
para que sea conciente de su sin salida antes de que comience el conteo
final.
Al iniciar la guerra aérea contra Yugoeslavia pueder que la
OTAN haya realmente asumido que la resistencia de Yugoeslavia se desmoronaría
de inmediato. La escalación de los bombardeos es, en todo caso,
una forma de castigar a Belgrado, que con su firmeza obligó a la
OTAN a demostrar en la práctica su superioridad - a sabiendas de
que no hacía falta. De eso tampoco dudaban los escépticos
que criticaban como equivocado y fracasado el experimento, digno de mención,
de llevar a cabo una guerra con ataques aéreos sin correr los riesgos
de una guerra por tierra. Para ellos no cabía duda de que una derrota
de la OTAN era imposible, lo que exigían era que se cumpliera el
imperativo que comparten con la Alianza: al enemigo se le debería
aplicar su indefensa total. La Alianza, por su parte, se esmeró
en llevar a cabo una guerra con todo el cuidado indispensable para que
el enemigo no tuviera ningún chance de proporcionarle derrota alguna.
Tal vez no tan segura de sí misma, pero compartiendo la misma
posición incuestionable e irrebatible de superioridad, la
Alianza de la guerra del Golfo llevó a cabo hace ocho años
una guerra contra Iraq y se vió confrontada con una crítica
muy similar: Sin necesidad alguna daba por terminada la guerra, es decir
omitía consumar la capitulación incondicional de Saddam Hussein.
Lo que sí no deja de demostrar hasta donde llega el totalitarismo
de la disuasión y la guerra imperialista por el (nuevo)
Orden es lo que están practicando EE.UU y Gran Bretaña
desde hace ocho años: Con ataques militares a su capricho y continuos
ataques aéreos de baja intensidad continuan terrorisando el Estado
iraquí, manteniéndolo en un estado de impotencia absoluta
y su existencia nacional en cuarentena. Nada improbable que le tengan reservado
a Serbia algo parecido.
IX
La Alianza occidental quiere dominar la comunidad estatal, es decir
imponerle una marco de estabilidad. El medio en última
instancia para lograr fin tan loable es " la intervención
de crisis" - a través del poder de las armas. En medio de
sus preparativos bélicos y rearmamiento correspondiente parte interesantemente
del hecho de que su medio más eficaz, primero, no lo es tanto, ya
que en realidad es rara vez que lo emplea, y, segundo, tampoco sirve para
lograr en definitiva el fin de estabilidad al interior del Orden Mundial:
De ahí que pone en su agenda para el Siglo XXI guerras por y para
el Orden Mundial como tarea indefinida.
Y no le sobra razón. No hay mejor terapia que esa para remover
las bases de la comunidad internacional. Donde no existe certeza alguna
sobre si un Estado en sus intentos de auto-subsintencia, o de mejorar su
posición en el concierto internacional, está dando pie o
no a que se le declare parásito, y por lo tanto se le deba castigar
en nombre del Orden que exclusivamente corresponde a Occidente, están
más que programados levantamientos nacionalistas contra poderes
estatales establecidos - ya sean estimulados simplemente o auspiciados
intencionalmente. Y viceversa: la voluntad de mantenerse o imponerse por
parte de aquellas soberanías acosadas ha de potenciarse al máximo;
y la lucha de poder entre naciones rivalizadoras no cesará, sino,
al contrario, se desatará por completo. Y ahí donde la alianza
de los buenos haya acertado sus golpes surgirán ruinas de Estados
y nuevas rivalidades: "Estabilidad" difícilmente nacerá en
esas latitudes.
Pero lo que es inevitable no se puede detener. La responsabilidad de
Occidente en nombre de un Orden de Paz Mundial es de tal envergadura que
no hay razón para echarse atrás en vista del temor a ciertas
consecuencias.