El fracaso de las negociaciones en Camp David y el asunto de fondo del
"Problema Jerusalén": Todo el Derecho para Israel – ¿Cuánta
Indulgencia para Palestina?
Por qué israelies y palestinos no hacen las paces ? Por qué
no están en capacidad de llegar a un acuerdo tras 15 duros días
bajo la tutela del presidente norteamericano ? A todo el mundo se le ocurren
propuestas bien intencionadas: Desistir, de un lado, un poco de los asentamientos
judíos, mostrar, de otro lado, un poco menos de intransigencia con
respecto a Jerusalén – así se zanjaría una vez por
todas el asunto; inclusive se habla de dinero con el que se contribuiría
si se llegara a un acuerdo feliz......
De lo que no hay duda: Las grandes democracias, cuya preocupación
responde del Orden adecuado que debe imperar en el mundo entero, no le
ven ya función política internacional alguna al interminable
conflicto árabe-israelí – al contrario, otros conflictos
en la Región o en los alrededores son para ellos de mayor importancia;
la disputa que dura ya 50 años sobre los límites del Estado
israelí y el estatus de Palestina se ha vuelto un impedimento, tiene
más de estorbo que de utilidad – y debe llegar por eso a su fin.
De ahí que las irreconciliables posiciones, incluso la de Israel,
están perdiendo sus abogados dentro de los comentaristas del acontecer
mundial. Esa prensa internacional siempre tan perspicaz aduce, a falta
de mejor explicación, que la intransigencia de los dos bandos para
evitar a toda costa llegar a un acuerdo se debe a que no quieren o no se
atreven – incapaces de dar el salto final.
Al conceder tan buena nota a los actores del conflicto se están
pasando por alto los cálculos políticos reales a los que
obedecen las dos partes: A estos una vez más no se les brinda ni
un átimo de interés – una perspectiva muy de acuerdo a un
pensamiento sobre el ordenamiento del mundo cargado de arrogancia imperialista.
El primer ministro israelí Barak
logró una cantidad en las negociaciones de Camp David– si estas
se comparan con el ideal del compromiso pacífico y armonioso esperado
por el mundo entero-: No retorno a los límites de 1967, en su lugar
entrega del 80% al 85% del territorio actualmente ocupado de Cisjordania
– sin incluir Jerusalén – a la Autoridad autónoma palestina;
compromiso de protección de los asentamientos judíos en las
zonas ocupadas, incluso en forma de intercambio de zonas lo que permitiría
la incorporación de grandes bloques de asentamientos al territiorio
israelí; disponibilidad sobre las fuentes de agua en territorio
palestino; amplias limitaciones en cuanto a un posible rearme palestino
y a la prohibición de estacionar tropas extranjeras en suelo palestino;
el derecho a continuar con las bases militares israelíes en el Valle
de Jordán para mantener la vigilancia sobre los vecinos en el este;
acabar definitivamente con el problema sobre el que tanto insiste Palestina:
los refugiados, aquellos miles de desplazados y sus descendientes, producto
de las diversas guerras árabe-israeliés, hacinados en campamentos,
que mantienen su exigencia de retornar a su tierra natal, hoy territorio
israelí.
Todo lo señalado arriba ya ha sido concedido por los negociadores
palestinos A lo que se ha negado la comitiva negociadora de Arafat es a
la "propuesta israelí" sobre como arreglar el "problema de Jerusalén":
que consistiría en una especie de intercambio de terrenos. Los barrios
habitados por palestinos se entregarían a Arafat, a cambio Israel
obtendría el cordón de asentamientos judíos. De igual
manera se acordaría una división funcional de la soberanía
sobre la Ciudad Antigua y el Templo del Monte: Israel respondería
de la soberanía y del control de seguridad, la administración
civil correpondería a la Autoridad palestina. Incluso esto último
ha creado gran disgusto en la oposición israelí, y dentro
de ciertos miembros de la coalición existe la convicción
de que Barak se ha pasado: Ellos temen el regalo de territorio hondamente
judío a un archienemigo incurable. Y en cuanto a la "indivisibilidad
eterna" de Jerusalén no aceptan ningún compromiso, aunque
se trate de una propuesta tan absurda como la fórmula de soberanía
territorial y administración civil. La discusión se plantea
de manera incondicional, y es que el asunto es de carácter fundamental:
Barak representa el interés israelí de lograr con las concesiones
a los palestinos – incluyendo la licencia para un estado autónomo
palestino - en primer lugar apartar limpiamente del Estado judío
ese cuerpo extraño que es el pueblo palestino con toda su miseria
y obstinación. En segundo lugar librarse de ese régimen permanente
de ocupación; tercero, lograr el reconocimiento de las posesiones
israelíes por parte de los estados vecinos y del mundo árabe
lo que estaría acompañado de nuevas perspectivas tanto formales
como materiales para el Estado de Israel – incluyendo el cese de todas
las demandas basadas en las resoluciones de la ONU contra Israel. Y por
último, la recompensa política, económica y con seguridad
militar por parte de la potencia del Orden Mundial – EE.UU.- y la UE. Decididamente
contraria a esta posición está aquella otra voluntad política
para la cual el proceso de "ocupación de tierras" israelí
tendría un límite, al mínimo, a las orillas del Jordán,
a los palestinos les correspondería un estatus de minoría
sin derechos, la soberanía judía sobre todo el territorio
debería quedar asegurada.
La dureza del conflicto entre estas dos fracciones, pero sobre todo
el partidismo por parte de los bien intencionados intereses foráneos
a favor de la línea "moderada" del primer ministro de gobierno encubre
lastimosamente aquello en lo que las dos fracciones están indudablemente
de acuerdo; y eso no es poco, pues es precisamente la base real de la intransigencia
israelí: El Estado de Israel quiere formalmente el reconocimiento
incondicional y sin limitaciones de su derecho a territorio, a condiciones
de existencia y seguridad nacional de acuerdo a su propia definición,
a la que deben someterse todos los demás intereses en conflicto.
Valga decir, reconocimiento por parte de las víctimas y afectados
políticos de su "ocupación de tierras": palestinos y estados
vecinos árabes. Esa demanda incluye que el proceso de fundación
del Estado israelí, desde sus comienzos hasta su situación
actual, sea visto como justificado, desahuciando pretensiones legales de
partidos contrarios, por mucho que se basen en mapas antiguos o en múltiples
resoluciones de la ONU. Esa pretensión israelí se impone
en la práctica al tratar Israel el establecimiento de una administración
autónoma palestina como una concesión - resultante de una
decisión basada en el absolutismo de su poder – frente a posiciones
legales que la "comunidad internacional" ha otorgado a los palestinos,
pero en ningún caso como expresión del respeto hacia el derecho
de la voluntad palestina por una autonomía estatal cuyas condiciones
y limitaciones ella misma determina. El extremo se puede estudiar en el
caso de Jeruralén: Israel insiste en su derecho de que toda la zona
árabe de la ciudad está bajo su anexión y que por
consecuencia sus habitantes tienen el estatus de una masa no perteneciente
al pueblo israelí, es decir foránea y enclavada en territorio
soberano de Israel. En cuanto a cómo podría quedar el estatus
de la ciudad – igual que hasta ahora o diferente – aparece la misma
posición: Hasta dónde llegan las fronteras de la administración
autónoma palestina en sentido geográfico y legal es materia
de discusión; lo que es indiscutible entre los partidos israelies
es que se trata, en última instancia, de una cuestión a discutir
entre israeliés y no de una controversia entre dos posiciones de
Estados de igual rango y con el mismo derecho. De carácter decisivo
y no solamente simbólico en cuanto al derecho de ocupación
israelí es lo que se puede apreciar en la disputa acerca de la repatriación
de refugiados palestinos: La obligación de "recoger" aquella gente
insignificante, que desde hace más de 10 lustros ha servido a los
países árabes como el título legal en carne viva para
la revancha árabe por las guerras perdidas, la rehusa Israel estrictamente,
al igual que cualquier forma de indemnización, pues eso a lo mejor
equivaldría a asumir injusticia cometida. En Camp David Barak dijo
expresamente estar dispuesto solo a gestos "humanitarios" – reunión
de familias, aportes a un fondo de apoyos para habitantes de campamentos;
en ningún caso debería entenderse como un signo de mala conciencia
nacional o ser malinterpretada como disculpa – algo que políticos
imperialistas han descubierto en otras latitudes como instrumento práctico
de la diplomacia.
En suma es esa la unánime Razón de Estado israelí:
Todas las "propuestas" que se hagan a los palestinos deben obedecer a esa
lógica – de ella hizo estrictamente caso Barak en medio de su gran
disposición al compromiso – quedando claro que Israel tiene desde
un principio todo el derecho a exclusiva soberanía sobre todas sus
posesiones nacionales y que sus ofertas son producto de la indulgencia
que soberanamente se le brinda a los palestinos. Por eso mismo el tan moderado
primer ministro respondió sin vacilaciones de una manera ruda amenazando
con una nueva ocupación militar y anexiones a la fuerza en caso
de que su contrahente en Camp David optara, debido al fracaso de las conversaciones,
por proclamar un Estado palestino en septiembre. A lo que el intermediario
norteamericano no dudó en dar la razón, pues la proclamación
unilateral de un Estado palestino, es más: el solo gesto político
por parte de los líderes palestinos de ponerse a la misma altura
legal del Estado israelí es inconcebible y es de descartar por completo.
Todo lo que surja como forma de Estado palestino ha de ser expresión
de lo que otorgue Israel.
El jefe de la Administración autónoma palestina Arafat
lucha precisamente en contra de eso y ha logrado en todo caso una cosa:
Apoyándose en la resistencia de sus palestinos que le han impuesto
a Israel un régimen de ocupación caro y lleno de sinsabores,
y contando con el apoyo de EE.UU., a los que no les conviene más,
con miras al ordenamiento de la región, la guerra sin fin que libra
Israel contra sus vecinos árabes, Arafat ha asumido, trás
demostrar su disposición a acatar las pretensiones de mando israeliés,
el gobierno sobre tierras y gentes dentro del territorio de ocupación
israelí y al mismo tiempo ha escalado la posición de negociador
principal frente a Israel. Y él se esfuerza al máximo, demostrando
su buena voluntad, en negociar sobre algo parecido a una propia Soberanía
para los territorios de la administración palestina.
De ahí que en Camp David haya brillado con tanta condescendencia
en todo lo que respecta a cuestiones de divisiones y trazado de límites
y haya abogado, con el mismo afán, por aquella posición de
derecho que en los ojos de los israeliés es un atropello inaceptable
en contra de su razón de Estado: Independiente de la clase de Estado
que surja para Palestina, debe quedar claro que Jerusalén será
la capital palestina - incluyendo el Templo del Monte. El partido palestino
reclamaba así un derecho confirmado en todas las resoluciones de
la ONU sobre la cuestión palestina, un derecho en posesión
de los árabes hasta 1967 – exactamente en manos de Jordania – y
del que son prenda viva los miles de palestinos que habitan en la Ciudad
antigua: Esa gente, que Israel a su vez no quiere considerar como ciudadanos
suyos y que por consideraciones mayores no puede echar fuera, reinvindican
el lugar de su hogar como Palestina y su futura capital. Precisamente basándose
en esa posición de derecho los representantes palestinos demuestran
su voluntad de fundar una nación que se deduzca de un derecho propio
y no derivado de un acto de indulgencia para encargarse de una tarea de
administración sin mayor soberanía real. Por esa razón
se juegan todo con respecto a la cuestión de Jerusalén-Capital.
Y por lo demás, el valor que le otorge el mundo árabe e islámico
a la nueva Comunidad palestina dependerá de Jerusalén: El
Templo del Monte no es sólo un símbolo religioso al que el
fervor popular estaría condenado sin alternativas, sino que simboliza
un genuino derecho árabe, reconocido internacionalmente, que fue
violado por Israel y que Arafat con su Administración autónoma
debe restituir en nombre de todas las Naciones árabes. A eso se
debe el mero apoyo que le brindan y de eso depende el respeto que pueda
exigir para el Estado palestino que vaya a proclamar. En caso de que Arafat
no logre arrancarle a Israel el reconocimiento del Derecho de Ser de la
"Nación Árabe" adquiriendo así la exacta equivalencia
de aquel de la Nación Judía en suelos de Oriente Próximo,
poniéndole, por lo tanto, límites a Israel - de eso es símbolo
el Templo del Monte -, entonces, en caso de que no sea así, Palestina
no representará lo que, según las pretensiones políticas
de los mandatarios árabes, debería ser y lo único
por lo que valdría la pena luchar: un Estado palestino soberano
al que se le brindaría reconocimiento político.
Precisamente ese derecho en cuestión es el que contraria la
razón de Estado israelí – y de ningún modo sólo
las intenciones de fanáticos de un Israél grande por acabar
– y el que no soporta compromisos.
El presidente norteamericano Clinton
se había propuesto mucho – en ese caso tenían razón
los preocupados observadores que con tantas simpatías seguían
el acontecer de las negociaciones – al querer sacarle de encima a su potencia
mundial la disputa sin fin en el Oriente próximo. Al fin y al cabo,
la clase de prioridades que perseguía America estaban claras. Ejercer
presión sobre Israel es necesario para que se rebaje a negociar
con los palestinos – en lugar de convertir las peores partes de las zonas
anexadas en un inmenso gheto y responder con la fuerza a toda clase de
descontento y obstinación local, así como enfrentar la enemistad
árabe con su superioridad militar – y para que busque un acuerdo
que, basándose en las resoluciones de la ONU 242 y 338, podría
exigir reconocimiento por parte del Derecho Internacional. Pero con la
ya obligada invitación a Camp David era "extorsión" suficiente
de ese puesto avanzado del Orden americano que representa Israel en el
litoral este del Mediterráneo. Ya que el derecho que esgrime Israel
cuenta con el apoyo de EE.UU – descontadas todas las consecuencias prácticas
que se derivan. Y a Arafat, por su parte, se le ha valorado suficientemente;
en todo caso ha sido objeto de suficiente reconocimiento con el solo hecho
de haber recibido una invitación del presidente norteamericano como
si se tratara de un verdadero mandatario de Estado. Eso valdría
para que se de por servido – premio suficiente a su renuncia a todas las
demás pretensiones palestinas. Pues un derecho superior no ha de
obtener – eso sí aquel del reconocimiento de lo que Israel voluntariamente
le conceda como Estado soberano de los palestinos. De ahí que ya
queda establecido: El intento de proclamar ese Estado por su propia cuenta,
sin licencia de EE.UU. y por lo tanto sin el consentimiento de Israel,
le costaría el reconocimiento que le ha brindado América
hasta ahora y se vería en la encrucijada de cómo lograr para
su territorio autonómico el carácter de Estado de y con derecho.
Entre otras cosas queda claro que de esa clase de cálculos depende
cómo va a seguir tirando la humanidad entre el Jordán y el
Mediterráneo – y, a lo mejor, ni siquiera eso.