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Los alabados servicios del vil metal
Se estiman altamente, los valores morales. Se promociona apreciarlos a
ser posible en vez de apreciar los placeres normales. El
antimaterialismo intelectual aún se presenta afirmando que “no
sólo de pan vive el hombre”, lo cual se complementa con la
afirmación de que “el dinero no da la felicidad”.
Ni una ni la otra cita tiene razón. La primera no, porque nadie
defiende que no necesita nada más que un trozo de pan seco. La
segunda no, porque frente a la pobreza ya se le ocurre la felicidad.
Los proverbios populares comulgan con respecto a la convicción
de que lo que hace la vida digna de vivir son sus frutos inmateriales y
que ante ellas la “mera” riqueza queda a la altura del betún.
Esta crítica radical de los placeres materiales y de los
contemporáneos que por sus gustos vulgares aspiran más
bien a las cosas más simples advierte una cosa. Manifiestamente
la única razón por la que los señores amables de
la beneficencia pública aconsejan los altísimos valores
está en que han descubierto algo: No pocos de sus queridos
prójimos ni se las apañan siquiera con la
mercancía barata y por lo tanto ponen cara descontenta. Las
malas caras les molestan porque posiblemente conduzcan a ideas tan
desagradables como que algo no está bien en el mercado lleno de
riquezas útiles si siempre resulta en una escasez personal. El
descontento les causa molestia, a los propagandistas espirituales de la
cultura occidental. Y por lo tanto remiten al público a los
mercados de los valores morales que ni siquiera cuestan.
Puesto que según todas las experiencias en la economía de
mercado las cosas más baratas no sirven de nada, no haremos uso
de esta generosa oferta. Recordaremos que sólo pan no da la
felicidad, pero tampoco olvidemos que muchos de los que tienen que
vivir del dinero no pueden vivir de él. Es imposible que esto se
deba a que desatiendan el valor nutritivo de los valores morales. Mucho
más tendrá que ver con el valor del dinero, en el cual no
hace falta creer, porque constituye una obligación objetiva.
La medida de los valores
Cualquiera lo sabe perfectamente: Aparte de aquellas cosas valiosas que
“no se pueden pagar con dinero”, todo tiene su precio. Las
mercancías que se exponen para la venta revelan en su etiqueta
de precio cuánto dinero cuestan. Pero también objetos que
nadie piensa vender se miden constantemente en dinero como si tal cosa.
Las cualidades de una casa que la hacen útil para sus
habitantes, los servicios de una máquina para quien la usa, las
ventajas de un equipo de música... son cualidades indiferentes
si la pregunta es: ¿Cuánto contribuyen estas cosas a la
riqueza de una persona? Sus respectivas utilidades sólo
interesan como condición previa para que valgan cierta cantidad
de dinero. En esta cualidad se suman al dinero que quizás
también tenga la persona. En total resulta la fortuna que en el
capitalismo decide sobre lo que uno será capaz de hacer en su
vida. Define el grado de libertad del que uno dispone en la sociedad
capitalista.
Por un lado parece un extraño idealismo que a todas las cosas
útiles se les atribuya una suma de dinero. La riqueza material
se equipara con una cantidad de dinero y forma el “representante” de
una materia que constituye, divorciada de los múltiples valores
de uso, la riqueza “verdadera”. En esta operación, que le es
familiar a cualquiera que habite una sociedad capitalista, no hace
falta siquiera que la riqueza abstracta esté a mano cuando se
considera como medida de todas las cosas. Mientras que uno sólo
quiere saber lo que vale una cosa, ya basta con imaginarse la cantidad
de dinero. En cuanto se trate de obtener algo, o sea de hacer uso de la
utilidad de una cosa, se necesita el dinero que cuesta.
Por el otro lado, pues, no hay idealismo alguno si todo se mide en
dinero. Todo el mundo se ve confrontado con el materialismo de la
propiedad privada. Quiera alguien disfrutar o hacer uso de lo que
quiera, lo tendrá que pagar con dinero por el hecho de que
pertenece a otra persona. Nadie cree que tiene derecho a fabricarse los
papeles que conoce como dinero en la cantidad en la que los necesita.
El vigor del dinero es asegurado por el poder estatal para que pueda
funcionar debidamente como medida de la riqueza: Entre las cosas
útiles y agradables que se le presenten y que quiera, cada uno
dispone de lo que convierta en su propiedad privada. El dinero hace que
todas las personas particulares sean iguales, y las pone en un conjunto
social forzado. Esta riqueza abstracta es la llave de acceso a todo
tipo de riquezas concretas, o sea a los diversos artículos que
en el capitalismo se producen para la venta. La obligación al
trueque se hace notar como la “necesidad” de ganar dinero. Aunque es
incomible, cada cual quiere tenerlo, porque gracias a su inmediata
intercambiabilidad esta medida de los valores convierte al que la posee
en el dueño del mundo de las mercancías. Caso que tenga
suficiente.
El medio de circulación
Una vez arreglado el asunto de la propiedad privada, en el mundo en el
que todos corren detrás del dinero para conseguir algo en el
mercado, no es que sólo circulen mercancías, sino
también los lugares comunes más bobos. “El dinero sirve
como medio de intercambio” explican los libros de la Economía
Política. Y para dar una buena impresión y guardar las
apariencias científicas, que siempre requieren un poco de
necesidad, se alega la división del trabajo que, según
los eruditos, necesita del dinero como “medio de intercambio” para
distribuir los bienes desde sus diseminados lugares de
producción.
Hace falta una pequeña corrección en tales
sabidurías que pregonan que el dinero proporciona “el acceso a”
y “la distribución de bienes”. El dinero, la medida de la
riqueza, a la vez cuestiona bastante el acceso a los productos
útiles y su distribución. Imposibilita a la vez la
operación a la que sirve como medio: Al fin y al cabo la
propiedad puesta en vigor por la fuerza estatal divorcia en un primer
paso todas las necesidades de sus respectivos objetos. Impide que se
satisfagan hasta que no se haya pagado el precio exigido por la persona
a la que pertenecen. Si un Estado decreta con su fuerza el dinero como
medio de las necesidades, está claro que no hace que las
necesidades sean el objetivo de su economía. Más bien
somete su satisfacción a la capacidad de pagar por parte de
quien tenga esta necesidad. La cantidad de la materia vigilada por el
Estado que uno posee decide sobre su libertad en el mundo de los
placeres. Dicho de otra manera: Los bienes sólo alcanzan sus
consumidores bajo la condición de que éstos paguen. En su
calidad de mercancías habitan el mercado, son artículos
de negocio, y sus dueños sólo les ponen a
disposición a cambio de dinero.
No es que el dinero no intermedie una distribución. La
cuestión está en si el dinero es un feliz invento de
tiempos remotos que consiguió solucionar un problema en
común acuerdo que había nacido con la “división
del trabajo”: de conducir bienes de un lugar donde no se necesitan a
otro lugar donde alguien los quiere tener. El inmediato argumento en
contra lo proporciona cualquier publicidad con su mensaje de la
“mercancía barata”. Pues atestigua el esfuerzo por una limitada
capacidad de pagar; y el objetivo de la publicidad está en
vender una mercancía en vez de otra, lo cual a la vez refuta la
idea de que el dinero es, si no la solución del problema de la
distribución, por lo menos la mejor solución en vista de
la “escasez de los bienes” –interpretación que también
revela las evidentes oposiciones del mercado en el que se intercambian
mercancías y dinero–.
Dicho de otra manera: El dinero sí que es el intermediario en el
intercambio de mercancías de diferentes orígenes. El
dinero hace desaparecer las limitaciones temporales y
geográficas de la producción, que aparte de las
casualidades de los deseos individuales se suelen tomar para ilustrar
un supuesto déficit de “la economía del trueque” (“Uno
(no) tiene lo que su súbitamente aparecido socio del intercambio
(no) necesita...”) –abstengámonos de juzgar si el problema tan
perfectamente solucionado tiene importancia alguna fuera de una
economía monetaria imaginada sin dinero–. Pero esto no justifica
tomar el dinero por una “unidad de cuenta” o un “instrumento de
distribución” que garantice que los bienes alcancen a su
consumidor. Pues es que se instala como la condición para que
las mercancías se muevan y se trasladen desde su poseedor
original a su consumidor. Antes de que como gratificante resultado las
mercancías de un lugar hayan logrado intercambiarse por las
mercancías de otro lugar, cualquier mercancía tiene que
comprobar su negociabilidad. Y esto significa: No sólo tiene que
haber un interés en su utilidad, sino también una
capacidad de pagar por parte de la persona interesada. Así que
el dinero fracasa frecuentemente con la buena obra que se le atribuye
como característica altamente valorada, de servir a los bienes y
a los seres humanos como un instrumento de distribución. Las
necesidades no satisfechas igual que las mercancías no vendidas
atestiguan que la disociación de la compra y la venta –aquella
“técnica” que permite intercambiar cualquier mercancía
contra cualquier otra– crea un fuerte antagonismo: Al parecer es tan
importante el dinero que una mercancía ni consigue siquiera
intercambiarse por otra...
Es poco consolador la queja alzada en cuanto a los “desequilibrios del
mercado”, de que el dinero se proporcione en la cantidad equivocada y
de que sea ésta la razón por la que falla la
distribución de los bienes. En este idealismo se suma “el”
dinero de la economía de mercado, la cual se caracteriza por la
disposición exclusiva de dinero y mercancías por parte de
propietarios privados, a una cantidad total que, caso que tenga el
tamaño adecuado, causa que “todos los consumidores puedan
adquirir las cantidades que deseen y los oferentes consigan vender
todas las existencias” – y ningún teórico toma tanto en
serio su propia idea como para proponer proporcionar simplemente
más dinero a fin de distribuir las mercancías y abastecer
a la gente hasta que se hayan satisfecho todos los deseos en el
mercado: Esto no se puede hacer, porque el poder adquisitivo que de
esta manera se hubiera creado sería aprovechado para subir los
precios y sólo conduciría a que el dinero pierda su
valor... Pues es que importa la cantidad de las unidades monetarias: no
con vistas al servicio como medio de circulación, que
supuestamente rinde tan adecuadamente aunque sí que falla de vez
en cuando, sino porque importa la unidad de cuyo contenido
ningún erudito económico quiere saber nada. De esta
manera por lo menos advierten hasta quienes interpretan la
inflación (¡que dicho sea de paso tiene su
explicación en el crédito, y no en los montes de bienes y
cantidades de dinero!) mediante la “teoría cuantitativa”, que el
mercado sirve a las necesidades del dinero, y no al revés.
Evidentemente el hecho de que apoderarse del dinero, de aquel poder
privado sobre la riqueza social, constituye la finalidad del mercado,
se puede notar más fácilmente que a través de
teorías equivocadas que luego quedan en ridículo ante el
interés de sus propios autores. Ya lo descubrió antes de
los marxistas la gente más diversa.
Lo que importa es el dinero
El que no se consigue mucho si nada más obtenido unos centavos
uno gasta su dinero y consume la mercancía adquirida, ya lo ha
notado el tacaño, carácter que habita la literatura. El
atesorador prefiere aquella manera de ahorrar que consiste en vender y
guardar el dinero. El que prescinde de los placeres ofrecidos por el
mundo de las mercancías en su esfuerzo de adueñarse del
poder sobre todos los bienes, le convierte en una figura graciosa.
Claro que nadie ridiculiza la intención bien comprensible de
acumular dinero: Por su renuncia, su deseo por el medio de compra
universal se convierte en mera codicia, el pobre rico, en una figura
ridícula.
El afán del dinero se presenta mucho más sensata cuando
se hacen préstamos. Cuando se trata de realizar
mercancías en dinero, muchas veces se suministra sin que se
pueda pagar. La decisión es que la temporal incapacidad de pagar
no debe impedir la compra y venta. Y si no se trata de gente pobre que
satisface su deseo actual para pagarlo con la renuncia en el futuro,
todo el mundo sabe que el crédito es una formal e imprescindible
técnica de negocios. Pues se basa en que “el mercado” suministra
excedentes: Quien conceda una prórroga de pago admite que tiene
suficiente dinero como para seguir participando en el mercado; el que
se paguen las deudas en el plazo acordado lo garantiza el Estado como
custodio de los contratos. Si las cuentas de deudas se hacen normalidad
y las deudas se tratan y funcionan como dinero, la acumulación
de la riqueza abstracta ya está bien desarrollada – de alguna
manera, el trueque ha conducido a que se amontonara dinero...
Lo mismo puede afirmarse del Estado, que a través de su sistema
bancario salda el intercambio del mercado en su territorio limitado, o
sus comerciantes respectivamente, con el extranjero –y que valora
saldos acreedores igualmente como un tesoro de oro–. De antemano, los
Estados consideran el mercado mundial como medio para mejorar sus
balanzas, y el “problema del hambre” desaira cualquier sospecha de que
el intercambio internacional se centre en abastecer a la
población mundial con los bienes que necesita. De antemano el
mercado es un medio para ganar poder económico, y éste se
mide en dinero, la única y exclusiva forma de la riqueza
universal...
Capital – el arte de aumentar el dinero
El dinero no es el servidor de los bienes, ni mucho menos el medio de
su distribución puntual.
Con dinero uno se hace dueño del mercado quien sabe gastarlo de
tal forma que sigue teniéndolo y que sobra cada vez más.
Las viejas técnicas de hacer de la compraventa un oficio o de
prestar el dinero, naturalmente a cambio de cierta remuneración,
han probado ser vanguardistas. Estos inventos tempranos, que siguen
existiendo hasta hoy, se basan en el principio de que otros colaboran
en el esfuerzo de mantener y aumentar la propia fortuna. Y han abierto
la vista –junto a obligaciones estatales de diferentes tipos– a la
necesidad que determina la existencia de los figurantes del mercado.
Esta gente siempre tiene que dedicarse a pensar en cómo puede
adquirir dinero para poder comprar en el mercado las cosas que
necesita. Ya que está dispuesta a producir por su parte algo que
se pueda vender, pero no puede pagar los medios de producción
necesarios para ello, a potentes dueños del dinero les resultaba
evidente darles la oportunidad de trabajar. Favor con favor se paga, un
toque de humanismo alcanza el mundo frío de los negocios
egoístas, y también queda asegurado el refuerzo de
mercancías para el mercado.
En otras palabras, la creación de empleos es el único
manejo adecuado del dinero. O dicho de otra manera: el dinero determina
una completa relación de producción. A todos que disponen
de tan poco que simplemente gastan su dinero en su sustento y que
después de consumir las cosas compradas vuelven a tener que
ganar dinero, el benéfico logro de un “empleo” les ofrece la
posibilidad de apañárselas con las perfidias del medio de
circulación. Siempre y cuando su trabajo sea rentable para la
propiedad que ofrece los costosos puestos de trabajo y que
despacha los productos a buen precio, se les da una remuneración
para que se defiendan. En esto les ayuda el Estado, cuyo poder realiza
y vigila la disociación del trabajo y la propiedad, con la
sección de “Asuntos Sociales”. Es preciso el ahorro obligatorio
para casos de emergencia, entre otras por la simple razón de que
debido al cálculo empresarial con los puestos de trabajo, pagar
sustento a los asalariados de vez en cuando deja de ser rentable, y
porque la pobreza normal de quienes tienen la oportunidad de
acreditarse como medio para el aumento de la propiedad ajena y que como
tal experimentan en su propia piel los continuos cambios de salario y
esfuerzo laboral exigido, siempre viene acompañada de
depauperación. Lo determinante en todos estos asuntos sigue
siendo el crecimiento –del capital, esto está claro– sin el cual
todos están apañados porque todos y todo depende de
él.
En resumidas cuentas, el dinero, cuyo inventor desconocemos, es una
cosa bien progresista. De cierto modo forma el nexo entre quienes lo
tienen y lo usan como medio suyo, y quienes están a sus
servicios manejando los medios de producción de otros: Ambos
lados ganan dinero con el trabajo. Unos ganan tanto dinero como hacen
que otros trabajen de forma rentable para ellos. Los otros pueden
dedicarse –al menos si logran comprarse un puesto de trabajo en el
mercado laboral– a sostener como seres libre e iguales la
pequeña circulación: vender su capacidad productiva,
efectuar el trabajo, gastar lo ganado en el mercado. El hecho de que se
les trata como factor de coste –otra ley económica más–
garantiza que no pasan de la raya – y que además a menudo quedan
desempleados.
(Traducción del primer capítulo del libro ‘Das Geld’,
Editorial GegenStandpunkt)
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